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Fotografía de Ana Niño López

Ana Niño López

Universidad de Cádiz

Formación

Ana Niño es graduada en Matemáticas por la Universidad de Cádiz, donde también cursó el Máster en Matemáticas. Tras completar esta etapa formativa y profundizar en su especialización investigadora, alcanzó el máximo grado académico mediante la obtención del título de Doctora en Matemáticas por la Universidad de Cádiz, con Mención Internacional. Su trayectoria refleja una formación sólida y especializada en el ámbito matemático, que hoy pone al servicio de la investigación y de la búsqueda de soluciones a problemas de gran relevancia social, como el estudio de la leucemia infantil.

Un día en la vida de un científico

Nos levantamos, como tantas otras personas, maldiciendo habernos acostado más tarde de lo que deberíamos. Y no, no es porque hayamos salido tarde de trabajar, aunque alguna que otra vez también sucede. Muchas veces, la culpa la tiene ese capítulo de Netflix que prometíamos que sería el último, una sesión de deporte que se alarga más de la cuenta o, sencillamente, esa vida social y ociosa que, de vez en cuando, nos recuerda que no todo puede ser trabajar. Porque sí, aunque nos dediquemos a la ciencia, también nos gusta disfrutar de la vida, trasnochar un poco y aprovechar el tiempo libre, aunque al día siguiente nos arrepintamos cuando suena el despertador. En esto del deporte, por cierto, tampoco somos exactamente iguales. Uno de los dos prefiere madrugar, ponerse las zapatillas y empezar el día con los deberes deportivos hechos; el otro, en cambio, es más partidario de dejarlo para última hora, cuando la jornada laboral llega a su fin. Dos maneras distintas de organizarse, pero una misma idea: hay vida más allá del laboratorio. Al fin y al cabo, la curiosidad, la constancia y la capacidad de superación que nos exige la investigación también tienen mucho que ver con las que necesitamos para salir a correr, entrenar en el gimnasio o perseguir cualquier otro objetivo deportivo. Después llega el momento de ponerse serios y trabajar. Y conviene aclarar algo: dedicarse a la ciencia no consiste en pasarse el día leyendo artículos, teniendo ideas brillantes delante de un café o mirando por un microscopio de vez en cuando. Nuestra realidad incluye jornadas de siete, ocho, nueve o incluso diez horas entre despachos y laboratorios, experimentos que no siempre salen como esperábamos, resultados que hay que analizar, artículos que escribir, reuniones que atender y problemas que resolver. A eso hay que sumar las clases, la preparación de materiales docentes, la evaluación y todas esas tareas que forman parte de la vida universitaria y que, aunque a menudo sean invisibles desde fuera, también ocupan una parte importante de nuestro tiempo. Pero hay algo más que nos gusta especialmente: la divulgación científica. Siempre que tenemos ocasión, intentamos participar en actividades que permitan acercar la ciencia a la sociedad, despertar la curiosidad y demostrar que la investigación no es algo lejano, reservado a quienes llevan bata blanca o dominan ecuaciones imposibles. Estamos convencidos de que la Universidad no puede vivir de espaldas a la ciudadanía. Investigar es fundamental, pero también lo es compartir lo que descubrimos, explicar por qué importa y contribuir a que cualquier persona, independientemente de su formación, pueda comprender un poco mejor el mundo que la rodea. Porque, si la ciencia se queda encerrada entre las paredes de un laboratorio, estaremos desaprovechando una parte esencial de su valor. Y cuando termina la jornada laboral, tampoco es que nos quedemos precisamente de brazos cruzados. La tarde da para mucho: cumplir con los quehaceres cotidianos, ir al gimnasio, salir a correr, acudir a entrenamientos o, simplemente, intentar encontrar un rato para nosotros mismos. Eso sí, hay una afición que ocupa un lugar muy especial en nuestras vidas: el Carnaval. No hablamos únicamente de disfrutar de las actuaciones cuando llega febrero, sino de dedicarle tiempo durante buena parte del año, de vivir los preparativos, compartir ideas, escuchar coplas, seguir la actualidad, dejar que esa pasión forme parte de nuestro día a día y, por supuesto, escribir nuestros romanceros. Porque hay aficiones que son mucho más que una manera de pasar el rato: son una forma de entender la vida, de compartir experiencias y de sentirse parte de algo. Y, por supuesto, también está ese momento de quedar con los amigos para tomar un refrigerio, charlar de cualquier cosa, arreglar el mundo o, simplemente, desconectar. A veces será una cerveza, otras un café y otras cualquier excusa que permita alargar un poco la conversación. Porque no todo tiene que ser productivo, ni cada minuto del día debe estar dedicado a cumplir objetivos. También necesitamos esos pequeños espacios en los que no hay experimentos que preparar, clases que impartir, kilómetros que correr ni nada que demostrar. En definitiva, nuestra vida combina ciencia, docencia, divulgación, deporte, Carnaval y amigos. Una mezcla que, vista desde fuera, puede parecer una agenda bastante apretada, y que a veces lo es. Pero también es nuestra manera de entender el día a día: trabajar en aquello que nos apasiona sin renunciar a todo lo demás. Porque dedicarse a la ciencia no significa vivir permanentemente entre tubos de ensayo, gráficas y artículos científicos. Significa tener una profesión que nos entusiasma, sí, pero también ser personas con inquietudes, aficiones, compromisos y ganas de disfrutar. Y, aunque algunos días el despertador nos recuerde que quizá deberíamos habernos acostado antes, al final casi siempre encontramos motivos para pensar que ha merecido la pena.

Aficiones

Si hay dos cosas que nos unen, esas son la ciencia y el Carnaval. Aunque ambos nos dedicamos a la investigación, no trabajamos juntos ni compartimos laboratorio, así que nuestra amistad no surgió entre experimentos, artículos científicos o largas jornadas de trabajo. Surgió gracias al Carnaval, y más concretamente, a los romanceros. Los dos nos embarcamos cada año en esa aventura de escribir, preparar y defender nuestros repertorios, una afición que requiere tiempo, creatividad, muchas horas de dedicación y, sobre todo, ganas de disfrutar y hacer disfrutar a los demás. Quizás por eso nos soportamos: porque, aunque nuestras investigaciones sean diferentes, compartimos esa misma pasión por crear, contar historias y subirnos a un escenario para vivir el Carnaval desde dentro. El deporte es otro de nuestros puntos en común, aunque cada uno lo vive a su manera. Ana es bastante asidua al gimnasio, donde encuentra su espacio para entrenar y mantenerse activa. Javi, en cambio, es más de calzarse las zapatillas y salir a correr, aunque el fútbol sala también ocupa una parte importante de su vida. De hecho, no se limita a jugar o disfrutarlo desde la grada, sino que también entrena a dos equipos, con todo lo que eso implica: organizar entrenamientos, preparar partidos, acompañar a los jugadores y dedicar tiempo a que un grupo de personas crezca y disfrute del deporte. Al final, entre gimnasios, carreras, entrenamientos y partidos, procuramos mantenernos activos, aunque eso no significa que siempre nos resulte fácil encontrar el momento perfecto para hacerlo. Pero, si hay algo que realmente nos entusiasma, son los planes sociales. Y, a ser posible, con un buen picoteo y una cervecita de por medio. Porque nos gusta quedar con los amigos, conocer gente, compartir conversaciones y aprovechar cualquier excusa para salir de casa. Un concierto, una obra de teatro, una actuación de Carnaval, una visita a un bar o cualquier evento que se cruce en nuestro camino nos parece un buen plan. Y, si después hay que alargar la tarde o la noche tomando algo, tampoco vamos a poner demasiadas objeciones. De hecho, nuestra agenda social podría resumirse de una manera bastante sencilla: conciertos, teatro, Carnaval, encuentros con amigos y, por supuesto, bares. Muchos bares. A veces tenemos un plan concreto; otras, simplemente quedamos y dejamos que la tarde siga su curso. Porque, para nosotros, buena parte de la gracia está precisamente ahí: en las conversaciones que se alargan, las risas inesperadas, las anécdotas que terminan convirtiéndose en historias que contar y esos momentos que no estaban previstos, pero que acaban siendo los mejores. En definitiva, somos una combinación de ciencia, Carnaval, deporte y mucha vida social. Nos gusta aprender, investigar y trabajar en aquello que nos apasiona, pero también disfrutar de todo lo que sucede fuera del ámbito profesional. Y si podemos hacerlo compartiendo una buena chirigota, un concierto, una carrera, un partido o una cerveza con los amigos, mejor que mejor. Porque, al final, tan importante como lo que hacemos es con quién lo compartimos. Y nosotros, desde luego, intentamos no dejar pasar demasiadas oportunidades para disfrutarlo.

Centro o departamento

Ana Niño desarrolla su labor investigadora en el Departamento de Matemáticas, en la Facultad de Ciencias. Sin embargo, su trabajo no se limita a las aulas, los despachos o los ordenadores, ya que una parte importante de su investigación requiere desplazarse a distintos hospitales para recopilar datos, obtener información y trabajar con los profesionales sanitarios implicados. Entre ellos, destaca especialmente el Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid, uno de los centros a los que acude para avanzar en su investigación. Esta combinación de trabajo académico y contacto directo con el ámbito hospitalario le permite conectar las herramientas matemáticas con problemas reales y contribuir, desde su especialidad, al desarrollo de conocimiento con aplicaciones prácticas.

Línea de investigación en la que trabaja actualmente

Ana Niño centra su labor investigadora en la aplicación de las matemáticas al estudio de la leucemia infantil, con el objetivo de contribuir a mejorar su diagnóstico, comprender mejor su evolución y avanzar hacia tratamientos más personalizados. Aunque a primera vista pueda parecer que las matemáticas y la medicina pertenecen a mundos muy distintos, lo cierto es que pueden convertirse en grandes aliadas. Ana trabaja con enormes cantidades de información biológica, entre la que se encuentran datos relacionados con miles de genes de pacientes infantiles. A partir de estos datos, desarrolla y aplica modelos matemáticos y herramientas de análisis que permiten identificar patrones, estudiar las características de la enfermedad y tratar de predecir cómo puede evolucionar en cada paciente o cómo podría responder a determinados tratamientos. En definitiva, su investigación busca poner las matemáticas al servicio de la medicina, ayudando a los profesionales sanitarios a tomar decisiones mejor fundamentadas y contribuyendo, en última instancia, a que los niños y sus familias afronten la enfermedad con mejores perspectivas y con el menor sufrimiento posible. Porque detrás de cada dato, de cada gen y de cada ecuación hay algo mucho más importante que los números: la posibilidad de mejorar la vida de los pequeños pacientes.

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